Interessant article de Fede Cedó, publicat l’1 de novembre al Periódico.com que tracta d’iniciatives Slow. Aquí teniu l’enllaç a l’article original.
La masía de la Marineta, en Parets del Vallès (Vallès Oriental) y la finca de Les Refardes, en el parque natural de Sant Llorenç del Munt, son solo dos ejemplos de las incipientes campañas encaminadas a la regeneración del patrimonio genético agrícola mediante la recuperación de semillas antiguas, las cuales, cultivadas de nuevo, permiten el retorno de las variedades tradicionales sometidas al inexorable proceso de extinción. Un centenar de payeses e investigadores, también llamados neobotánicos, ya han conseguido hacerse con más de medio millar de simientes.
Josep Sabatés, conocido en el ámbito gastronómico como Pep Salsetes, ha hecho de la recuperación de semillas autóctonas su lucha particular. «Gracias a la sabiduría popular y a los ancianos conservacionistas hemos podido recuperar unas 400 simientes de hortalizas y otras tantas de trigo». En la Marineta de Can Rajoler, una masia de Parets, la Fundación Universitaria Martí l'Humà impulsa el Centro de Recuperación y Clasificación de Semillas Antiguas, proyecto pionero que busca abrir el proceso de certificación de productos autóctonos «huyendo de híbridos y transgénicos» fabricados por las multinacionales del sector.
Moda o necesidad. No existe una definición concreta para el movimiento social que impulsa la agricultura ecológica y promueve el cultivo de las variedades locales. Muestra de ello es la finca de Les Refardes, en Mura (Bages), donde dos investigadores como Sabatés trabajan en la agroecología y la recuperación de semillas. Ya en el 2006, agricultores de la Garrotxa consiguieron fondos públicos para velar por las semillas y obtener variedades locales como los tomates cor de bou, mamella de cabra, esquena verda, de la gota o pometa, y hortalizas como la col setsemanera, la escarola de cabell d'àngel, la patata mora, la judía tabella gris o la lechuga de los tres ojos, que junto a variedades extintas como la lechuga escarxofeta o la espada, el pimiento morrut, la col paperina y de truc, el alforfón pota de gall, de l'arracada y la judía afartaprobres componen un peculiar vocabulario autóctono.
Historias populares
Experiencias similares impulsa Pau Pàmies, un vecino de Aulàs (Pallars Jussà) que ha logrado recuperar unas 150 variedades autóctonas de semillas en peligro de extinción, el mismo número que las recuperadas por el banco de simientes Slow Food de Lleida desde el 2008. A título individual, Jonatan Culleré, payés de Cabra del Camp, cultiva una variedad del trigo seixe o rojo y preserva el ajo de Belltall, y el proyecto Triticatum, en Sales de Llierca, mantiene un registro con 400 especies de trigo, algunas ya desparecidas.
En los rótulos que describen la variedad cultivada en el huerto que Pep Salsetes siembra en la Marineta «se esconde una historia popular, de ahí que cada semilla tenga nombre propio»; como las judías localizadas en Freres, un pueblo aragonés ubicado a 1.500 metros de altura del que solo quedan ruinas, «una judía muy sabrosa de la que se comían hasta la piel»; o, más difícil de recuperar, «el brécol de Santa Teresa», el de Cal Corasero de Sant Boi y la judía del carall (carajo), también llamada del pecado «por lo del exabrupto».
Las habas de l'avi
Salsetes cultiva con especial fervor las semillas de su entorno, el Vallès Oriental, entre las que destacan 12 variedades de tomates locales. Describe en su huerto los estiravecs (unos guisantes que se comían con piel), las chicorias, las lechugas escaroleras, los cogollos nanos y el calabacín de alforja, las patatas del bufet blancas y negras, las tagarninas andaluzas y extremeñas, el maíz barrat de Ripoll o las judías de la Carolina de Matabaixa, perona antigua y llaminera del Baix Llobregat; los pimientos morro de bou de Bellpuig, las alcachofas moradas, las coles de Santa Teresa y un buen número de hierbas aromáticas.
«Tengo un bote con cuatro habas de l'avi», le dijo un día un amigo de Torroja de Segarra a Pep Salsetes. Efectivamente, entre las ruinas de una masía halló un tarro enmohecido con varias habas secas en su interior que 30 años después han germinado y renacido en La Marineta. «Los estudiosos ni se lo creen» apostilla Sabatés.
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